El lienzo en blanco

Ahí está. Un lienzo en blanco se alza sobre mí. Y ahí estoy yo, delante de él, pensando que siempre he sido más de escritura; que el dibujo y la pintura nunca han sido especialmente lo mío; y que es una pena arrebatarle ese color blanco puro y liso, como cuando pisas con tus botas una explanada de nieve, o estrenas una libreta para llenarla con tus palabras. Aún así, los dos estamos impacientes, el lienzo y yo, por jugar con el pincel que lo acompaña y darle color a su vida.


Así es cómo empezó nuestra historia. Una tarde de agosto en la que la temperatura rondaba los 35ºC, el viento se había marchado de vacaciones y mi pareja y yo decidimos refugiarnos del calor en Pincelea, un local de Barcelona donde puedes convertirte en artista por un día mientras te enseñan a pintar un cuadro desde cero. Ya era la segunda vez que repetía la experiencia, en esta ocasión con un cuadro de dimensiones más grandes y algo más complejo, y con el aliciente de poder pintar a mi animal favorito.

El protagonista era un gato (para nosotros, nuestra gatita Misi), pero primero tocaba empezar por el fondo, un cielo con diferentes tonalidades azules. Después de hacer las combinaciones de colores, era hora del reto esperado: lanzarse sin más a hacer pinceladas y dejar que la mano se moviera con soltura sobre el lienzo. Y luego, el segundo reto, dibujar el gato desde cero. Gracias a las explicaciones de Ahinara, el proceso fue mucho más sencillo de lo esperado, y mi sorpresa fue ver que lo que había pintado hasta tenía forma de gato 🙂


Después de tres horas, solo faltaban los últimos retoques y, de repente, magia. El cuadro ya estaba acabado y, lo que más me llamó la atención: cada resultado era diferente, a pesar de haber seguido todos los mismos pasos. Sin ser conscientes, con nuestros trazos habíamos ido plasmando una parte de nosotros en ese lienzo blanco del principio, aportando matices que todavía lo hacían más nuestro hasta convertirlo en una obra de arte inédita: nuestra obra de arte.

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