Son poco más de las 7 de la mañana, los resquicios de luz que se cuelan por la ventana dan la bienvenida al nuevo día, y a su vez, acompañan a los que han optado por dormitar. De hecho, ahora que me doy cuenta, soy la única persona despierta en mi vecindario temporal de tres habitantes, y por lo tanto, la única que está contemplando las vistas de esta pequeña casa: una carretera de nubes que dibuja el camino hacia la ciudad de destino: Amsterdam.
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