Hay tardes que inspiran. Y la del miércoles pasado fue una de ellas. Era un día aparentemente normal, con un poco más de calor del que tocaría para el mes de mayo, pero eso daba igual. Había algo especial en ese día caluroso de mayo. «Hoy es el día. Hoy toca Nil Moliner», me dijo mi pareja al despedirse cuando el reloj marcaban una hora demasiado temprana para mí. Yo, somnolienta, incapaz de articular cualquier palabra con sentido, le respondí con una sonrisa.
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