Ahí está. Un lienzo en blanco se alza sobre mí. Y ahí estoy yo, delante de él, pensando que siempre he sido más de escritura; que el dibujo y la pintura nunca han sido especialmente lo mío; y que es una pena arrebatarle ese color blanco puro y liso, como cuando pisas con tus botas una explanada de nieve, o estrenas una libreta para llenarla con tus palabras. Aún así, los dos estamos impacientes, el lienzo y yo, por jugar con el pincel que lo acompaña y darle color a su vida.
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