Lo veo a lo lejos y empiezo a correr. No es que le haya echado de menos ni que sienta una necesidad impetuosa de estar con él, pero, aún así, debo hacerlo. Sólo sucede una vez al día, a la misma hora, y no se puede dejar escapar. Su figura cada vez está más definida, y su contorno, aunque marcado por el paso de los años, refleja a la perfección los destellos del sol.