Crónica de una carrera

Lo veo a lo lejos y empiezo a correr. No es que le haya echado de menos ni que sienta una necesidad impetuosa de estar con él, pero, aún así, debo hacerlo. Sólo sucede una vez al día, a la misma hora, y no se puede dejar escapar. Su figura cada vez está más definida, y su contorno, aunque marcado por el paso de los años, refleja a la perfección los destellos del sol.

Junto a mí, otros muchos emprendemos la carrera para dar respuesta a su llamada. Los más rápidos conseguimos llegar a él y es entonces cuando, al fin, sentimos que realmente ha empezado el día. Intercambiamos una sonrisa que oscila entre la satisfacción y el convencimiento de que todo va a ir bien, “hoy sí” nos dice nuestra voz interior.

Sin embargo, los que no han logrado alcanzar la meta se quedan en tierra. Mientras miran ese tren que se aleja, su tren, se compadecen por esos minutos que han perdido diluyendo un poco más el azúcar en el café, cantando una canción más bajo la ducha, tratando de encajar la llave en la cerradura tras cuatro intentos, luchando contra la dificultad extrema para levantarse de la cama por las mañanas a la que, según aprendí el otro día, la llaman dysania.

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