Cielo de montaña

Lo que más me gusta de la noche en la montaña es el cielo. El cielo, con sus estrellas, que lo visten con su mejor gala para que debute ante las miradas expectantes de terrícolas que no entienden por qué su cielo de ciudad se empeña en esconderlas. Y ahí está una de esas terrícolas, notando cómo el frío empieza a calar su cuerpo, pero incapaz de apartar la mirada de esos puntos celestes que logran poner en duda que “noche” sea sinónimo de “oscuridad”.

Intento unir las estrellas entre ellas, construyendo constelaciones desde la ignorancia y dibujando caminos que, si fueran reales, sería mucho más fácil llegar hasta la luna. Las hay que brillan tímidamente, otras que no dudan en mostrar su esplendor, en cualquier caso, la mirada sigue ahí, intentando capturar esa imagen para recuperarla durante las noches en la metrópoli.

Y desde este pequeño rincón del mundo, de repente pasa una estrella fugaz. Le respondo cerrando los ojos y lanzando un mensaje en forma de deseo que se pierde entre el mar de puntos suspensivos. Mientras abro los ojos, pienso que no podía haber mejor manera de poner punto final a ese cielo de montaña de una fría noche de invierno.

2 comentarios en “Cielo de montaña

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